16 de septiembre del 2019
La disfunción eréctil, también conocida como impotencia sexual masculina, es la incapacidad persistente para conseguir o mantener una erección que permita una relación sexual satisfactoria.
Debe diferenciarse de otros problemas sexuales, como son la falta de deseo, las alteraciones de la eyaculación (eyaculación prematura, eyaculación retrasada y ausencia de eyaculación) o los trastornos del orgasmo.
La disfunción eréctil no es una enfermedad, sino un síntoma. Se trata de un problema frecuente que si no se trata puede llegar a afectar a las relaciones con la pareja, la familia y el entorno laboral y social.
La impotencia o disfunción eréctil puede originarse por:
En estos casos, el pene no presenta ninguna alteración física, sin embargo, enfermedades como la ansiedad (provocada con frecuencia por el miedo a no conseguir una erección o a defraudar a la mujer), la depresión, los problemas con la pareja e incluso el estrés pueden afectar al acto sexual.
También la preocupación excesiva por los problemas laborales, sociales o familiares, implican que no se dedique la atención necesaria al acto sexual. La fatiga, la inapetencia, la falta de ejercicio, el insomnio o un fracaso laboral, también desequilibran los reflejos sexuales.
Este tipo es muy habitual. El pene no puede acumular la sangre necesaria para que se dé una erección, generalmente porque no llega en suficiente cantidad. Fumar, la hipertensión arterial, la diabetes, algunas enfermedades cardiacas y el aumento en los niveles de colesterol en sangre, pueden provocar trastornos vasculares que dificultan la erección.
En estos casos se produce una interrupción en la transferencia de mensajes del cerebro al pene porque existe una lesión en los nervios implicados. Esto ocurre con las lesiones de la médula espinal, la esclerosis múltiple o tras algunas intervenciones quirúrgicas en la pelvis.
Son poco frecuentes. Generalmente se deben a una falta de hormonas sexuales masculinas.
Existen varios medicamentos que tienen como efecto secundario disminuir la capacidad de tener una erección. Entre ellos hay algunos fármacos para tratar la hipertensión, las enfermedades cardiacas y los trastornos psiquiátricos.
El principal síntoma de la disfunción eréctil es un cambio en la calidad de la erección, tanto en términos de rigidez, como en la capacidad de mantener una erección.
Si la impotencia se origina por causas físicas, uno de los principales indicadores es la incapacidad para tener o mantener una erección al despertarse por la mañana.
En cambio, si se origina por causas psicológicas, la impotencia suele producirse durante un periodo de tiempo concreto (mientras dure la situación de estrés, por ejemplo). Si persiste durante más de tres meses el paciente deberá buscar un urólogo especializado en andrología.
La principal medida que los hombres deben tener en cuenta para evitar la aparición de la disfunción eréctil es la modificación del estilo de vida para evitar cualquier hábito que repercuta negativamente en las arterias y las venas, como fumar, el consumo de alcohol y grasas saturadas, la vida sedentaria y el estrés.
En la actualidad, algunos expertos establecen la siguiente clasificación para distinguir los distintos tipos de disfunción eréctil:
Para la elaboración de un diagnóstico correcto es necesario que el paciente se someta a revisiones médicas que permitan establecer un buen historial clínico.
Una entrevista con el afectado puede revelar factores psicológicos involucrados en el trastorno de la erección. Resulta fundamental descartar la depresión, que no siempre es aparente. También se deben analizar las relaciones personales para determinar si existen conflictos o dificultades de comunicación en la pareja. Una entrevista con la pareja sexual del afectado puede revelar datos de suma importancia.
Por otro lado, en la actualidad existen varios test que ayudan a establecer el diagnóstico de disfunción eréctil. En la valoración médica general se debe incluir una historia sobre ingesta de fármacos, alcohol, tabaquismo, diabetes, hipertensión y ateroesclerosis, una exploración de los genitales externos para descartar presencia de bandas fibrosas y una valoración de los signos de enfermedades vasculares, hormonales o neurológicas.
Los especialistas recomiendan medir los niveles de testosterona, especialmente si la impotencia está asociada a la falta de deseo.
Entre las pruebas de laboratorio se debe incluir la valoración de la función tiroidea. También puede resultar útil determinar la hormona luteínica, ya que resulta difícil diagnosticar un hipogonadismo en función de los valores de testosterona exclusivamente.
En el caso de pacientes jóvenes con problemas específicos, puede ser necesario realizar pruebas más complejas además del examen físico, como una medición-monitorización del pene durante la noche, la inyección de medicamentos en el pene, etc.
Muchos médicos sugieren que la elección de los tratamientos para la impotencia o disfunción eréctil que han de seguirse deberían ir de menos a más invasivo. Empezando por llevar un estilo de vida saludable, continuando con ayuda psicológica y tratamiento farmacológico y/o dispositivos de vacío y, por último, la cirugía.
La ayuda psicológica es recomendable en hombres de menos de 40 años, ya que en estos casos la causa de la enfermedad suele ser psicológica. Incluso en casos de impotencia/disfunción eréctil por problemas físicos, muchos hombres necesitan ayuda psicológica para poder superar problemas de autoestima derivados de esta enfermedad.
Según las pautas de la Sociedad Americana de Urología y la Sociedad Europea de Urología, los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 son la terapia en una primera línea y los siguientes agentes a tener en cuenta para un correcto tratamiento farmacológico. Antes de tomar cualquiera de estos tratamientos es necesario consultar con el especialista: